


¿Querés viajar sin apuro? ¿Te gustaría vivir una experiencia que te reconecte con vos mismo?
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Pedaleo para sentirme vivo.
Pedaleo desde gurí...
Pedaleo para mantener, mejorar o recuperar el equilibrio...
¡Ayudanos compartiéndolo!
¡Muchas gracias por pedalear con nosotros, amigo biciviajero!
Pedaleo por una cuestión de Identidad…
Pedaleo porque no hay nada que sepa hacer mejor…»
«Proclama biciviajera» (fragmento)
Terminaba octubre del 2000 y yo pedaleaba…
Era la mía una Mirage rodado 26…
Plato de 52 dientes, piñón de 16, sin velocidades.
Su cuadro de acero ultra pesado tenía una geometría que se burlaba de las leyes de la física y la mecánica sucesivamente.
Tal la industria argentina de principios de los años ’90.
(No quiero sonar «viejo», pero en plena era de las bicis de aluminio y carbono, es probable que los más jóvenes no se lo imaginen siquiera…)
A pesar de todo, y como no había mucha variedad para elegir en aquel entonces, la máquina en cuestión fue mi compañera de aventuras hasta principios de los 2000, durante más de una década.
Tiempo suficiente para: quebrar unas cinco horquillas de dirección, dos o tres avances, cambiar los colores flúor por unos más discretos, meterme bajo un auto y estrellarme contra un camión (estacionado), en una accidentada maniobra con la que, sin embargo, evité lastimar a un par de gurisas que paseaban despreocupadamente en sus bicicletas… ¡en una ciudad donde había cinco bicicletas!
Claro ejemplo de que algunas veces uno está en el lugar equivocado en el momento equivocado…
Y, si bien era usada, esta Mirage llegó a mi vida en reemplazo de una Alpina rodado 28 cero kilómetro, que me regalaron mis padres pocos días antes, cuyas ruedas delantera y trasera jamás pudieron seguir una línea recta…
Vaya ironía, su geometría desafiaba no solo las leyes de la física y la mecánica, sino las de las matemáticas también.
Como dicen en el campo: «estaba revirada».
Las vainas lo estaban y era imposible alinearlas sin someterla a cirugía mayor.
¡Tal la industria argentina de principios de los años ’90!, sin ironías…
Lo juro.

En los años 90 - 2000, no teníamos teléfonos inteligentes. Por eso, las dos únicas fotografías incidentales en las que aparece la Mirage, ni siquiera la toman completa.
Dicho esto, y a efectos de ilustrar de manera aproximada la geometría a la que me refiero, he realizado un montaje entre ambas fotos. Sabrás entender que han sido tomadas en momentos, desde ángulos y distancias diferentes, razón por la cual las proporciones no son exactas.
Por el contrario, creo que los ángulos que he podido recrear, sí reflejan las del monstruo...
Viviendo en Diamante, un pueblito entrerriano súper tranquilo por entonces, yo salía «a volar con mi máquina» todos los días luego de almorzar y tras regresar de la escuela y el colegio.
Lejos de ser una cuestión de rutina, es algo que siempre hice casi instintivamente, creo que por el simple placer de pedalear y descubrir los secretos de mi ciudad.
Y, quizás, como una doble revancha:
Por los años en que no tuve esa Libertad residiendo en Buenos Aires y como respuesta inconsciente al «no» más duro de mi vida (que podés descubrir haciendo clic sobre la frase resaltada).
Casi todos los días, decía, cuando no había juntada de amigos con salidas al monte incluídas o, en contra turno, clases de educación física en las que yo daba rienda suelta a mi otra pasión por entonces: realizar piruetas de lo más diversas sobre la tabla de pique y el cajón, bajo la atenta mirada del profe Carlitos (en contraposición a aquel «no», uno de los pocos seres humanos capaz de encontrar y ponderar condiciones en sus pupilos).
Bueno es señalar, por cierto, que en aquellos años tampoco había bicicletas como abundan hoy y casi nadie pensaba en tener una.
Tampoco el tráfico vehicular imposible barra salvaje que existe en la actualidad. ¡Sí, la cultura vial de los argentinos es espantosa!
Es horrible decirlo: hasta la ciudad más pequeña se ha convertido en un hervidero de automotores y automovilistas, con toda su polución y sus impotencias a cuestas.
Lo cierto es que yo pedaleaba durante horas y a toda velocidad por las calles de mi pueblo (un pueblo que con sus muchas subidas y bajadas a orillas del río Paraná, me invitaba a hacerlo) y, algunas veces, me aventuraba a la ruta hasta localidades cercanas en un radio de 10 a 15 km, como Aldea Protestante o Valle María, por ejemplo (ver recuadro).
Así fue que una tarde, sin pensarlo, me encontré a mitad de camino entre Diamante y Paraná y dije «¿por qué no continuar hasta la capital?».
Una hora después, mi nave y yo aterrizábamos de nuestro vuelo de reconocimiento en casa de una amiga diamantina que estudiaba y vivía allí.
¡Es que no conocía a nadie, ni otros caminos que los que me llevaban hasta su casa y la facultad, pues yo también comenzaba mis estudios de Turismo ese año!
Llevaba, hacia las cinco de la tarde, apenas la mitad del trayecto recorrido, toda vez que ahora me tocaba regresar a Diamante…
¡Y todavía faltaban los mates!
"El camino se compone de infinitas llegadas".
Atahualpa Yupanqui Tuit

Hace 24 años, este era el único camino que conocía para llegar a Paraná. Lo hacíamos en el Rastrojero, una o dos veces por semana, con mi viejo, a quien le cebaba mates.
Hoy puedo llegar y acompañarte a vos, sin apenas pisar el asfalto: conozco casi todos los caminos en un radio de 40 km a la redonda.
Y los que no, ¡podemos descubrirlos juntos y poner a prueba nuestro espíritu aventurero mientras tomamos unos mates!
¿Qué te parece la idea? ¿Venís?
Y entre mates, risas y la escucha del último disco de U2 (banda que no era de mis preferidas pero sí de las de Tati), se hizo de noche.
El inconveniente (hoy lo veo así), es que yo, joven estudiante de 18 años, lo que se dice, un inconsciente, debía regresar a mi casa a 50 km de distancia, por la misma ruta que había andado, pero ahora a oscuras y sin ninguna medida de seguridad personal: ni luces ni casco ni lo más mínimo para hacerme visible o protegerme de un improbable pero posible accidente.
Tanto es así que, bastante preocupada, mi amiga ofreció pagarme el ómnibus de regreso, cosa que yo rechacé de manera amable pero rotunda.
A esta altura, era ya casi un desafío personal y no tenía más opción que asumir el peligro con sus respectivos riesgos.
Y así fue que emprendí el regreso apenas pasadas las 20 hs., con el Sol devorado por las fauces del horizonte que apagaba, rápidamente, sus azules y anaranjados.
Fueron 2 hs de pedaleo y el gran susto de mi vida en lo que va de mi vida y en bici…
Apenas transcurridos los primeros kilómetros desde mi partida, ya en plena ruta, sufrí el sobrepaso de un camión semi de 18 metros de largo que, a escasos centímetros, acaso me vio en la negrura de la noche y no me atropelló, como bien me hizo notar Dino* hace apenas unos días «gracias a la mano de ese ángel que cada tanto nos auxilia en los malos trances».
Todavía recuerdo aquel instante (fueron segundos apenas) y tengo la viva sensación de haber visto en cámara lenta, las tuercas de la rueda delantera (de la altura del cuadro de mi bicicleta) y los conductos del «Vigía» casi rozándome en hilera.
¡Qué digo susto, si me pegué un cagazo de la puta madre!
Repuesto ya del mal momento y desandado el resto del camino sin sobresaltos, aterricé en mi casa esta vez cuando el reloj daba las 22 y pico de aquel día de finales de octubre.
Cansado, algo dolorido tras el esfuerzo, pero sano y salvo… ¡con la ayuda de aquel ángel en el que siempre he creído! (asunto que daría para un post entero).
Y colorín colorado, estos fueron los primeros 100 km de mi vida en bici, con un acumulado de 3 hs 40′ en ruta, sin contar la estadía señalada.
En poco más de doce horas, tomaría el ómnibus que me llevaría desde Diamante a Paraná nuevamente…
Esta vez, para ir a la facultad y escuchar a mis compañeros, divididos en sus opiniones y sin pelos en la lengua, diciendo que no lo creían y que estaba, literalmente, loco de remate… mientras yo me reía…
¡Cómo no voy a reírme si pedalear es la locura más linda y sana del mundo!
Se miente aquel que crea lo contrario.
"... pedalear como metáfora de una vida que es hermosa, siempre será una cuestión de humildad..."
Emanuel Altuna Tuit
* ¿Quién es Dino?
Para quienes creemos en las
posibilidades que da la virtualidad, Dínorah Alao es una amiga. Diría, mejor, una querida amiga.
Porque Dino es de esas personas que en lugar de un gracias liso y llano, te dicen "gracias por este ratito de luz que hemos compartido", por ejemplo, pues, de entre los muchos caminos que pudo haber elegido, ella eligió el de la luz y lo comparte.
Claro que no ignora la oscuridad de los rincones del mundo, pero forma parte de una generación de jóvenes maravillosos que están dispuestos a dar color a una realidad mejor y no cejan en su intento alrededor del mundo.
Dino también sabe que no se da lo que no se tiene y ella tiene un corazón enorme.
Y como sé que si te cuento más corro el riesgo de que no leas las siguientes entradas del blog, quiero que te quedes con esas ganas como cosquillas...
¡Atento!, porque allí te contaremos todo sobre el hermoso proyecto que tiene Dino... ¡en bici!
Podés curiosear su web haciendo clic en la foto.
¿Alguna vez te lo has preguntado?
Te confieso en este exacto momento que yo llevo un tiempo haciéndolo.
Y, si bien he abierto y cerrado este relato haciendo presunción intencionada de una equis cantidad de kilómetros recorridos, aprovecharé estos últimos párrafos para desmitificar su verdadera importancia, en mi exclusiva opinión de biciviajero.
¿Pedaleamos unos kilómetros más?
¡Vamos!
Pues bien, resulta que una de las preguntas de manual que casi todo el mundo nos hace (sea ciclista o no, se considere deportista o no, sea apenas un iniciado en el maravilloso mundo de la bici), es la siguiente:
¿Qué distancia recorrés o has recorrido en una sola salida?
… como si este fuese un parámetro para determinar la calidad de dicha salida.
Y puede que en efecto lo sea… ¡para ese colectivo!, toda vez que su objetivo principal, o al menos uno de sus objetivos, es el entrenamiento con fines competitivos.
Sobre todo en esta era en que se han puesto de moda competencias de ciclismo de todo tipo, incluso combinadas con otras disciplinas y de las que participan amateurs y aficionados de todas las edades.
Y está bien y lo respeto, claro.
Que «cada loco con su tema», dice Joan Manuel.
Ocurre que, para quienes no nos sentimos del todo identificados con aquel colectivo ciclista, que entre otros códigos o ritos, necesita disfrazarse como si todos fueran unos Jonas Vingegaard o Hans Rey (¡venga un poco de humor, che!), la cantidad de kilómetros o la intensidad del entrenamiento -que desde luego realizamos, a nuestro modo-, suele ser anecdótico, apenas un dato de color, y no mucho más que eso.
No nos mueve el amperímetro (ni el odómetro) para nada.
Y eso porque, sencillamente, nosotros somos viajeros amantes de la bici y lo nuestro no es amontonar kilómetros a velocidad de pelotón o batirnos a duelo con el de al lado ni alimentar de forma alguna el ego, sino entregarnos al profundo disfrute y al placer de reconectar con nuestra verdadera esencia mientras pedaleamos sintiéndonos parte del entorno por el que nos desplazamos.
Y da igual si es una salida grupal o en solitario: el objetivo es el mismo.
En el primer caso, sí será crucial la calidad: no de los kilómetros, insisto, sino del equipo conformado para asegurar la de la salida.
¿O acaso a vos te gustaría viajar o sentir que arruinaste tus ansiadas vacaciones junto a un tarado o personas con mala energía?
¡Porque caras de culo, amargados y egoístas competitivos hay en todos lados, incluso entre los que dicen amar la bici! ¿No te parece?
Desde luego, a mí me parece importante señalarlo porque esas son personas con la capacidad de indisponer al grupo y reventar un viaje, convirtiendo una experiencia enriquecedora en una verdadera mierda para el resto.
E iré más a fondo todavía: son personas que no están preparadas para viajar.
Lo que tal vez necesiten es hacer algún tipo de terapia. Hacer terapia les hará bien: habrán descubierto el viaje de la vida.
Recién después puede que estén listas para comprender que viajar es una experiencia enriquecedora para la que se requiere una apertura mental, emocional y sensorial extraoridinaria.
Y no menos importante: habilidades de socialización, empatía y solidaridad.
Diré entonces que, como viajar en bicicleta sí que es una experiencia enriquecedora, de crecimiento y en algún punto, transformadora, yo no quiero ese tipo de personas en Ruedalas.
No me interesan para nada los amargados, los cara de culo ni los egoístas competitivos en nuestros viajes.
Porque hacer 100 km es, en verdad, algo que puede hacer cualquier adolescente con una bicicleta pesada, sin velocidades y de manera inesperada, por si no ha quedado claro.
Amigo biciviajero:
Esto no va de competir, no va de presumir, no va de egos.
De verdad que Ruedalas no va de eso.
Es lo que he intentado contarte desde el principio de este relato, echando mano a una historia real y en primera persona.
Que ni vos ni yo somos Vingegaard…
Que lo importante no es la distancia sino el camino…
Que el camino más interesante es aquel que nos reconecta con nosotros mismos y nos permite compartirnos, tal y como somos, con el otro…
Que el otro puede ser la oportunidad de redescubrirnos a nosotros mismos…
Que en un kilómetro puede suceder lo que no suceda en los siguientes mil…
Lo demás (los hitos, el récord personal, la hazaña), es pura vanidad.
Y pedalear como metáfora de una vida que es hermosa, siempre será una cuestión de humildad.
Entonces, ¡a quién le importan los kilómetros recorridos!
A mí no. Te aseguro que ya no.
Como no tengo donde acopiarlos, los llevo siempre en el corazón.
¿Y vos?
"... Que lo importante no es la distancia sino el camino...
Que el camino más interesante es aquel que nos reconecta con nosotros mismos y nos permite compartirnos tal y como somos, con el resto...
Que en un kilómetro puede suceder lo que no suceda en los siguientes mil..."Emanuel Altuna Tuit
La Ruta Provincial No 11, exclusivamente en el tramo recorrido entre la ciudad de Diamante y Aldea Brasilera, es la columna vertebral de un pintoresco tapiz paisajístico cultural, cuya cenefa es la vieja Colonia General Alvear, designación que con el paso del tiempo, ha caído en desuso.
La Colonia en cuestión fue (entonces y hacia finales del SXIX) una merced de tierras de unas 20.000 hectáreas que se extendía en dirección N-S, entre los arroyos Del Salto y De la Ensenada, y de O a E, desde el río Paraná hasta aproximadamente el paralelo de los 60°32′ de longitud Oeste, que el gobierno puso a disposición de un grupo de inmigrantes conocidos como «Alemanes del Volga».
Estos inmigrantes eran personas que, más de un siglo atrás, habían emigrado desde Alemania hasta la región del Río Volga atraídos por una serie de ventajas ofrecidas por Catalina II de Rusia, con intención de poblar esta zona, y que, para el momento de esta nueva migración, ya eran nativos rusos. En rigor, podemos afirmar que hacia finales del SXVIII, de alemanes no tenían más que ese origen, la sangre de sus ancestros y la profunda nostalgia por el terruño natal y sus costumbres, transmitida con profundo amor de generación en generación.
Atraídos por la Ley de Inmigración y colonización impulsada por el Presidente Nicolás Avellaneda en 1876, fue que en esta zona del Departamento Diamante (Provincia de Entre Ríos), se instaló un grupo de inmigrantes de dicha colectividad, que había arribado al puerto de la ciudad de Diamante en Enero de 1878, previa escala en el de Buenos Aires.
Luego de algunas idas y venidas con los gobiernos locales, vinculadas estrechamente al modelo urbanístico de ocupación del territorio pretendido por unos y otros, finalmente el 21 de Julio de 1878, se fundan las primeras 5 aldeas siguiendo el modelo que habían adoptado en la región del Volga:
Valle María o Marienthal, Aldea Protestante, Aldea Spatzenkutter o Campo María, Aldea San Francisco y Aldea Santa Cruz o Salto.
Recién al año siguiente, se fundaría la sexta: Aldea Brasilera, tal su nombre, en recuerdo del país que los había recibido un año antes y en el cual no encontraron las condiciones para desarrollarse en base a sus saberes, como sí pudieron hacerlo en esta zona de Argentina.
Estas Aldeas constituyen hoy la urdimbre de aquel tapiz que mencionábamos al comienzo, y son el recuerdo vivo de un tiempo fecundo de Paz y progreso que estos inmigrantes y sus descendientes, reconocen y agradecen con gran sentimiento argentino sin que ello signifique renunciar a la memoria de sus antepasados.
Conocerlas es casi como viajar en el tiempo hasta aquel tiempo.
Y acá viene la buena noticia para vos que estás leyendo: de la mano de Ruedalas, vas a poder sumergirte en este paisaje cultural y humano y sentirte, casi casi, un hilo más de esta maravillosa urdimbre. Prácticamente todos nuestros viajes (LP, EP y S) pasan por todas, una o más de estas pintorescas aldeas.
Te lo pueden contar, claro.
Podés venir en auto o en bus.
Hasta en motocicleta.
Pero te aseguro, ¡no te imaginás lo que es descubrirlo en bici conmigo sin apenas tocar el asfalto!
Pues, estate atento a las novedades en nuestra web: www.ruedalasviajeras.com

Reproducción propia y aproximada del área de la Colonia General Alvear según los datos citados previamente.
Amigo, amiga, lo mismo que dije en el post previo: saber que estás ahí, del otro lado de la pantalla, me ayuda a seguir pedaleando para darte lo mejor de mí.
Por eso espero, de todo corazón, sean de tu interés estas líneas o te sirvan de inspiración para lanzarte a tu propio viaje.
O, mejor aún, venirte a una de nuestras expediciones, travesías o pedaleadas mochileras que podés encontrar en la pestaña “Biciviajes” en nuestra web.
Agradecido por este rato compartido, te saludo hasta la próxima pedaleada, que espero sea compartida, che.
Un abrazo grande,
Emanuel.
P/d: Dejá tu comentario acá abajo (podés hacerlo ingresando con una cuenta de Gmail, desde Telegram o con WordPress, así nos protegemos del spam y los haters), compartí este artículo con amigos, contáme cómo fueron tus primeros kilómetros, cómo era tu bici, si hiciste esta ruta o si tenés ganas de hacerla ahora que sabés que esta es la casa de Ruedalas, preguntame lo que quieras.
¡Leo y respondo a la brevedad!
No hay más reglas que las de la amabilidad, la cortesía y el respeto, amigo, amiga biciviajeros.
Pero nunca está de más recordar:
1- Si estás acá es porque, seguramente, amás los viajes y la bicicleta.
2- Saludá, presentáte y contános lo que quieras.
3- Opiná, preguntá, respondé desde el amor y la pasión que compartimos.
4- Si tuviste un mal día, mejor contános y, quizás, entre todos te podamos echar una mano. Y, porqué no, hasta unas pedaladas juntos si estamos cerca.
5- Aportá con humildad, desde tu experiencia, porque todos sabemos exactamente lo mismo: ¡nada!
6- Disfrutá la vida porque se pasa volando, ¡y es mejor plan, pasarla rodando!
¡Ayudanos compartiéndolo!
¡Muchas gracias y buenas rutas, amigo biciviajero!
Sé que esto es aburrido, pero me veo en la obligación de informarte que para que disfrutes de una mejor pedaleada, en esta web utilizamos tecnologías como las cookies para almacenar y/o acceder a la información del dispositivo. Tu consentimiento nos permitirá procesar datos como el comportamiento de navegación o las identificaciones únicas en este sitio. De lo contrario, tu pedaleada quizás no sea tan buena y, ni vos ni yo queremos eso. ¿No es verdad? De todos modos, podés indicar tus preferencias 🚴.